C̳o̳m̳e̳n̳t̳ó̳ l̳o̳ q̳u̳e̳ v̳i̳ Parque Lezama

La memoria de una generación: entre la épica y la crítica
- La memoria y la acción: reflexiones sobre el pasado y el futuro de la utopía
El análisis crítico de Parque Lezama y su relación con los procesos históricos y políticos de las décadas de 1960 y 1970 en Argentina, enmarcados en el contexto de los 50 años del golpe militar de 1976, nos invita a reflexionar sobre la construcción de la memoria, las utopías pasadas y el impacto de los sueños revolucionarios en la juventud de aquella época. Desde la mirada de Julio García Espinosa en La doble moral del cine (1995), podemos articular un diálogo entre las esperanzas de cambio social que marcaron esa era y las tragedias que siguieron, en particular el Proceso de Reorganización Nacional.
La utopía y la efervescencia de los años 60 y 70
Los años 60 y 70 estuvieron marcados por un contexto global de luchas sociales y políticas que parecían
anunciar un cambio profundo en el sistema capitalista. Como bien se menciona, el debilitamiento del colonialismo en África, las victorias del movimiento de descolonización en Asia, la resistencia vietnamita frente a Estados Unidos, los movimientos estudiantiles y obreros en Europa, y las luchas sociales en América Latina
crearon una atmósfera de esperanza. En palabras de García Espinosa, «las minorías de todas las tristezas al fin sonreían», y tanto el arte como la política se transformaban en herramientas de cambio.
En Argentina, este espíritu de transformación caló profundamente en la juventud. Los ideales de justicia social, igualdad y revolución se convirtieron en el motor de numerosos movimientos, como Montoneros y el ERP, que buscaban una transformación radical del sistema político y económico. La utopía socialista, vista
como una posibilidad real, inspiró a una generación a comprometerse con la lucha por un futuro mejor.
Sin embargo, como anticipa García Espinosa, esta utopía resultó ser un espejismo para muchos. La polarización política y social, la violencia creciente y la acción de fuerzas reaccionarias comenzaron a desmoronar los sueños de cambio. En este contexto, el golpe militar de 1976 se erigió como el punto de quiebre definitivo.

El golpe militar de 1976: el fin de la utopía
El Proceso de Reorganización Nacional, instaurado tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, representó una respuesta brutal al auge de los movimientos sociales y revolucionarios. Como escribe García Espinosa, «el capitalismo, mediante el uso de la fuerza, logró imponer su lógica y frenar los movimientos de liberación». En Argentina, esta lógica se tradujo en la implementación de un modelo económico neoliberal, acompañado de una represión sistemática que buscaba eliminar cualquier oposición al régimen.
La dictadura no solo destruyó físicamente a miles de militantes y activistas, sino que también intentó desarticular las redes sociales y culturales que sostenían los ideales de cambio. La censura, el miedo y la violencia fueron las herramientas utilizadas para imponer un orden basado en la desigualdad y la concentración del poder.
El papel del cine y la cultura en la resistencia
En este contexto, el cine y la cultura jugaron un papel crucial como espacios de resistencia. García Espinosa enfatiza la importancia de un «cine imperfecto», capaz de cuestionar las estructuras de poder y de mantener viva la memoria histórica. En Argentina, a pesar de la censura y la represión, muchos artistas y cineastas encontraron formas de expresar su rechazo al régimen y de preservar los ideales de justicia y libertad.

La película Parque Lezama de Juan José Campanella, dialoga con estas cuestiones desde una perspectiva crítica y reflexiva. A través de los personajes de León y Antonio, interpretados magistralmente por Luis Brandoni y Eduardo Blanco, la película explora las tensiones entre la memoria, la utopía y la realidad. León, con su mezcla de recuerdos y fantasías militantes, representa a una generación que vivió la efervescencia política de los años 60 y 70, y que, desde la vejez, se enfrenta a la tentación de idealizar su pasado o exagerar su rol histórico.
La memoria y la respo
nsabilidad histórica
Parque Lezama no solo es un homenaje a esa generación, sino también una invitación a reflexionar sobre la forma en que recordamos y transmitimos la historia. Como bien marca García Espinosa, «el arte tiene la capacidad de ser un agente de excitación constante para adoptar una actitud de cambio frente a la vida». En este sentido, la película de Campanella se convierte en un recordatorio de que la memoria histórica no debe ser un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta para construir un futuro más justo.
La conmemoración de los 50 años del golpe de 1976 es un momento clave para esta reflexión. Nos recuerda que las utopías de los años 70, aunque truncadas por la violencia de la dictadura, no han desaparecido por completo. Siguen presentes en las luchas por la memoria, la verdad y la justicia, y en el deseo de construir una sociedad más equitativa y solidaria.
Por un mañana mejor
En el 2026, el desafío sigue siendo reavivar las utopías del pasado para responder a las demandas del presente. La democracia necesita justicia social, igualdad económica y protagonismo popular. La verdadera transformación no surge de la violencia ni del autoritarismo, sino de la participación ciudadana, la solidaridad y la memoria crítica.
La economía debe democratizarse: redistribuir recursos para garantizar condiciones dignas, dar voz a los trabajadores en las decisiones de producción y superar la concentración del capital. Solo así la igualdad política se vuelve real y la libertad accesible para todos.
Parque Lezama nos recuerda que la memoria debe ser honesta, capaz de aprender de los errores y resistir la tentación de la mitificación. La utopía no es nostalgia, sino horizonte: una llama que se sostiene mirando hacia adelante, con esperanza y justicia.
