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Woody Allen y el humor como inteligencia filosófica
El 10 de junio de 1975, en New York, EEUU, Woody Allen presentó “La última noche de Boris Grushenko” (*Love and Death*), una comedia que cierra su etapa inicial como cineasta antes de dar paso a la madurez artística que alcanzaría con «Dos extraños amantes» (Annie Hall-1977). Este film, considerado por el propio director como su obra más graciosa, es un homenaje satírico a la literatura rusa y al cine de autor europeo, combinando el humor absurdo con profundas reflexiones filosóficas sobre la vida, el amor y la muerte.

Dirección y guion: la irreverencia intelectual de Allen
La dirección de Woody Allen en “La última noche de Boris Grushenko” es un despliegue de ingenio y creatividad. La película se desarrolla en una Rusia napoleónica ficticia, con escenarios que evocan el dramatismo de los clásicos universales, pero que son constantemente subvertidos por el humor mordaz y absurdo que caracteriza al director neoyorquino. Allen no solo dirige, sino que también escribe y protagoniza la cinta, consolidando su habilidad para combinar la sátira con diálogos cargados de referencias literarias y filosóficas.
El guion, una parodia de las obras de Tolstói y Dostoyevski, se enriquece con diálogos que oscilan entre lo cómico y lo existencial. Las reflexiones de Boris Grushenko —interpretado por el propio Allen— sobre la vida, el amor y la muerte están impregnadas de un humor que desarma cualquier solemnidad, pero que no pierde profundidad. Este enfoque convierte al film en una obra única dentro del panorama cinematográfico de la época, destacando por su capacidad para hacer reír mientras invita a pensar.

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Actuaciones: el carisma de Allen y Keaton
La química entre Woody Allen y Diane Keaton, que ya había brillado en películas anteriores como “Sueños de un seductor” (1972), alcanza aquí un nivel superior. Keaton interpreta a Sonja, la prima y objeto de deseo de Boris, con una mezcla de encanto, inteligencia y excentricidad que complementa perfectamente el torpe y neurótico humor de Allen. Su actuación no solo refuerza los momentos cómicos, sino que también aporta una inesperada profundidad emocional en las escenas más serias.
Allen, por su parte, encarna a Boris, un antihéroe clásico que combina el arquetipo del “schlemiel” (término en yiddish) judío —un torpe e inseguro perdedor— con un filósofo existencialista que encuentra en la muerte y el amor sus principales obsesiones. Su interpretación, cargada de ironía y autorreferencias, es un claro ejemplo del estilo que definió su carrera.
Fotografía y música: la Rusia de Allen
Aunque “La última noche de Boris Grushenko” es una comedia, su diseño de producción y fotografía no escatiman en detalles. Rodada en locaciones de Francia y Hungría, la película recrea con precisión la atmósfera de la Rusia del siglo XIX, con paisajes melancólicos y escenarios que evocan las grandes novelas rusas. Sin embargo, este realismo visual contrasta con el tono paródico de la obra, generando un efecto cómico que es típico de Allen.
La música, compuesta por Serguéi Prokófiev, añade una capa adicional de profundidad e ironía. Las piezas clásicas, muchas de ellas tomadas de “Aleksandr Nevski” y “Romeo y Julieta”, refuerzan el contexto histórico y literario, pero también subrayan el contraste entre la grandilocuencia de las situaciones y la absurda trivialidad de los personajes.
Presupuesto y recaudación
Con un presupuesto modesto de 3 millones de dólares, “La última noche de Boris Grushenko” fue un éxito moderado en taquilla, recaudando aproximadamente 20 millones de dólares. Aunque no alcanzó las cifras de sus películas posteriores, el film demostró que Allen era capaz de atraer tanto a un público culto como a espectadores que buscaban una comedia ligera, consolidándose como una de las comedias más queridas de su primera etapa.
Recepción crítica y comparación con otras películas del género
La película fue ampliamente elogiada por la crítica, que destacó su audaz combinación de comedia física (slapstick) y sátira intelectual. Fue galardonada con el Oso de Plata en el Festival de Berlín por su destacada contribución artística, un reconocimiento que subrayó su valor dentro del cine de autor.
Comparada con otras películas de su primera etapa, como “Bananas” (1971) y “El dormilón” (1973), “La última noche de Boris Grushenko” se distingue por su ambición temática y su sofisticación visual. Asimismo, la influencia de Ingmar Bergman, especialmente de “El séptimo sello” (1957), es evidente en la escena final, donde Boris baila con la Muerte, una imagen icónica que encapsula la esencia tragicómica del film.
Impacto cultural y legado
Aunque no es tan conocida como «Dos extraños amantes» o «Manhattan», «La última noche de Boris Grushenko» se ha convertido en una obra de culto entre los seguidores de Woody Allen. Su capacidad para parodiar la literatura rusa y las películas de época, mientras explora temas universales como el amor, la muerte y el sentido de la vida, la sitúan como una de las comedias más inteligentes y originales de su tiempo.
El impacto cultural de la película también se refleja en su influencia sobre otros cineastas, quienes han adoptado el estilo de humor filosófico de Allen para explorar temas complejos en sus propias obras. Además, el film consolidó la reputación de Allen como un director capaz de equilibrar lo cómico y lo serio, lo popular y lo intelectual.

Woody Allen y la comedia como vehículo filosófico
“La última noche de Boris Grushenko” es una obra maestra de la comedia filosófica, un género que Woody Allen ha hecho suyo a lo largo de su carrera. Con su característico humor irreverente, Allen nos invita a reflexionar sobre las grandes preguntas de la vida mientras nos hace reír a carcajadas. Aunque la película no alcanza la madurez de sus obras posteriores, representa un punto culminante en su etapa inicial como cineasta y un testimonio de su talento único para combinar humor y filosofía.
En última instancia, “La última noche de Boris Grushenko” es una celebración de la inteligencia, el humor y la condición humana, una obra que, a través de su sátira y profundidad, sigue resonando con el público y los críticos a más de cinco décadas de su estreno.
La última noche de Boris Grushenko
